Gerardina

Muchos dicen escuchar en el silencio de la noche el arrullo de un río perenne y subterráneo que atraviesa las entrañas de Gerardina y de vez en cuando salta hasta la superficie en una fuente, como si quisiera respirar secándose al Siroco.

Un elefante de ceniza recibe a Italo al llegar a la plaza principal. Turistas y mendigos reposan a sus pies, confundidos en el magma vivo de esta ciudad que ha ido creciendo bajo la falda de un volcán, desafiante y áspera, argentina.

En los corredores de su vetusta universidad, Italo ha preguntado por un cantante desgarbado y narigudo, nacido allí, al que siempre ha dispensado gran admiración. Le han dicho que seguramente lo encontrará en las tabernas que se levantan frente al puerto, sentado a una mesa junto a su viejo amigo, el filósofo de Lentini, buscando razones que inviten a aplazar el suicidio.