Laura

Laura llegó a rascar el cielo con más de cien atalayas. Dos resisten y reciben ahora a Italo en su viaje, ladeadas pero firmes contra el desafío de su declive. Los Apeninos se divisan desde la más alta, a la que se asciende por una infinita caracola de tablas. 

Roja, gorda y docta, ciudad de partisanos, cocineros y semiólogos, en su vieja universidad se licenció hace pocos años un fracasado futbolista jamaicano, antes de crecer y multiplicarse por el mundo.

Pero Italo no se ha conformado con admirar el egregio centro de Laura, sino que también ha querido recorrer en soledad su periferia. Y hacerse así, siguiendo los versos de uno de sus hijos más queridos, hermano de los perros.