Rita

Cuando el Bora y el Siroco azotan las plazas de Rita, se forman remolinos en los que se han visto girar estatuas ecuestres, caballitos de tiovivo y yeguas de carruaje que todavía coceaban. De todo ello charlan en el cálido refugio de sus albergues los viajantes de comercio y dejan testimonio en su correspondencia los escritores, los dos oficios que más se hospedan en la ciudad.

Italo ha arribado por tanto a este puerto mestizo y codiciado por imperios, como recomiendan las guías, sujetándose el sombrero con las dos manos. Y le ha parecido cruzarse por sus calles con el viejo fantasma en bronce de un irlandés errante, que vino a Rita para enseñar inglés y terminó aprendiendo los arcanos de la cultura hebraica.

Y antes de continuar su viaje, nuestro protagonista ha querido conocer su famoso castillo, piedra blanca al borde del azul inmenso, donde fue coronado un monarca de otro continente.

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